





Autor: Sebastià Bota
Categoría: Relato fotográfico
Descripción: Los faros que iluminan las aguas que rodean la Sierra de Tramuntana en Mallorca están ubicados en lugares remotos, antaño solitarios y de difícil acceso, lo que les dotaba de cierta aura de misterio y aventura. Sin embargo, hoy en día, se han transformado en destinos populares, donde disfrutar de vistas panorámicas y atardeceres espectaculares, convirtiéndose en auténticos iconos turísticos.
Lugar: Sierra de Tramuntana, Mallorca, Islas Baleares.
Relato:
Han transcurrido muchos años, pero aún recuerdo ese día en el que nos invitaron a una cena en el faro de Punta Avanzada, ubicada en la bahía de Pollença. Era una tarde de principios de verano, con el mar en calma, una brisa marina suave y la mesa dispuesta en la terraza del faro, que parecía flotar en medio de la bahía. Desde allí, podíamos ver las envidiosas miradas de los navegantes que pasaban cerca, de regreso a puerto.
El farero que nos invitó vivía allí y nos explicó que además de mantener el faro donde estábamos, también se encargaba de otros tres: el de Formentor, el de Cap de Pinar y el de Alcanada. En ese momento, me pareció que tenía mucha suerte al trabajar en ese entorno idílico. Sin embargo, ya entonces me advirtió que el oficio de farero estaba destinado a desaparecer.
En el pasado, el trabajo de un farero era extremadamente duro: encender y apagar el faro todos los días, subir grandes cantidades de combustible hasta la linterna y poner en marcha el mecanismo de rotación requería un gran esfuerzo físico. El faro no sólo era su puesto de trabajo, también era su hogar. Hoy en día, sólo quedan 187 faros activos en España y menos de 30 están habitados por fareros -entre ellos el de Punta Avanzada-. Desde que el gobierno decretó la extinción del cuerpo de fareros en 1993 debido a la imparable automatización de la señalización marítima, ya no hay planes de convocar nuevas plazas de farero. Los que quedan son los últimos vestigios de una profesión que pertenece al pasado y cuando éstos se jubilen dejaremos de ver faros habitados.
Los faros de Mallorca han sido testigos silenciosos de innumerables historias y experiencias marítimas. Aquellos que iluminan las aguas que bañan la Sierra de Tramuntana están ubicados en parajes antaño solitarios y de difícil acceso, lo que les dota de un cierto aura de misterio y aventura. Son faros imponentes que se levantan en acantilados, desafiando las inclemencias del tiempo y brindando seguridad a los navegantes que surcan las aguas cercanas.
Cada faro tiene su singularidad y su encanto. El faro de Formentor, en el extremo norte de la isla, suspendido junto a un acantilado, despierta la admiración de quienes le visitan por primera vez. Su linterna, situada a 210 metros sobre el nivel del mar, es la más elevada de todos los faros de Baleares. Pocos se imaginan que vivir y trabajar en este faro fue una tarea desafiante debido a su ubicación remota y su difícil acceso. Antes de que se inaugurara la actual carretera en 1951, los fareros tenían que enfrentarse solos a las condiciones climáticas adversas y a la soledad del lugar.
«El mar, la naturaleza, la reflexión y la forzosa convivencia con los demás habitantes del faro modelaban tu carácter», afirmó el hijo del último farero de Sa Creu, en el puerto de Sóller en una reciente entrevista. Recordaba con nostalgia su vida en el faro y compartió una anécdota: de su infancia, lo único que recuerda no poder hacer era jugar al fútbol en la terraza de su casa, porque cualquier balón que se escapara acabaría irremediablemente en el mar .
En la isla de Sa Dragonera, todavía quedan dos faros en funcionamiento: el de Llebeig y el de Tramuntana. El faro de Tramuntana fue habitado hasta 1961; el de Llebeig dejó de estarlo en 1973. Los fareros ya no deberían pasar las horas muertas observando el vuelo de los halcones de Eleonor o la piel fría de las lagartijas, esperando la hora de encender de nuevo la luz del faro, ni preocuparse de quedarse aislados cuando el mal tiempo impedía el relevo. Actualmente las antiguas dependencias del farero se han convertido en una exposición permanente sobre la historia marítima de Sa Dragonera.
A día de hoy, los faros se han transformado en destinos turísticos populares, donde los visitantes pueden disfrutar de vistas panorámicas, atardeceres espectaculares y la sensación de estar en un lugar suspendido entre el cielo y el mar. Aunque los fareros ya no habitan estas solitarias construcciones, su legado perdura a través de las historias que se cuentan y la imponente belleza de estas construcciones. Algunos se han convertido en verdaderos iconos. Uno de los más destacados es el ya citado faro de Formentor. Sus antiguos fareros no podrían haber imaginado que, recientemente, durante los meses estivales, se haya restringido su acceso por carretera debido al alud de visitantes que recibe.
De momento los faros siguen ahí, en su lugar, testimonios de que todavía existen oficios y tradiciones que, pese a ser desplazados por el avance tecnológico, conservan un valor incalculable. No sólo por su utilidad práctica, sino por lo que simbolizan: la dedicación, el sacrificio y la conexión con nuestra historia y naturaleza. Al igual que los faros han guiado a los marineros a través de mares tormentosos, las enseñanzas de nuestro pasado pueden iluminar nuestro camino en el presente, recordándonos que, a veces, lo que parece obsoleto esconde un propósito más profundo y una belleza digna de ser preservada.